360º en Mykonos, Grecia

Grecia me enamoró para siempre desde mi primera visita (y van cuatro) a mis 24 años. La acrópolis, sus alrededores, tiene algo mágico, algo hipnótico... (en alguna futura entrada compartiré la inigualable experiencia de hospedarse en una vivienda con una terraza a poco más de 500 metros de esa extraordinaria estampa helena). Tiene una fuerza que atrae, quizás sea la lectura repetida de su historia, de sus dioses, del punto de partida de la democracia; quizás sea la belleza del blanco casi uniforme de sus estructuras...

En este viaje, a comienzos de este 2018, además de la visita a su capital, tuve la oportunidad de cumplir otras de las pequeñas metas viajeras que se van multiplicando cada vez que haces una maleta para partir... la visita a la Islas Cícladas, en este caso Mykonos. Fuimos allí sobre cualquier otra Isla un poco por comodidad ante el poco tiempo disponible. Desde Atenas, a poco más de 60 euros, sólo 30 minutos de trayecto. En realidad, el objetivo sigue siendo visitar alguna de las islas griegas que no tengan una connotación tan turística.

… se da la circunstacia deque hay dos Mykonos. Una durante temporada alta, desde finales de abril hasta comienzos de septiembre, cuando la Isla está abarrotada y sale a relucir todo su pontencial como distino turístico y fiestero de masas... y otra durante temporada baja, donde los visitantes casi se cuentan con los dedos de las manos y donde se respira un ambiente familiar..

A nosotros, a mí y a mi amiga Laura (aparecerá más de una vez en este blog –viajera de pies a cabeza-), nos tocó disfrutar de la Myknos dormida. Muchos locales cerrados, otros muchos en periodo de maquillaje para afrontar la venidera temporada alta, las terrazas de los restaurantes (los que estaban abiertos), absolutamente disponibles, el agua del mar congelada, congeladísma (aún así me di un año que me quitó las penas acumuladas durante los últimos 10 años) y playas absolutamente desiertas: nadie, nada, silencio, quietud... ni rastro, como és lógico, de las grandes fiestas por las que Mykonos es famosa.

Sin tampoco hacerle feo a la fiesta y al turisteo común, reconozco que me encantó conocer la isla así, en calma, en pausa ante la avalancha de los meses de verano. Durante casi tres horas bordeamos a pie parte de la costa de Mykonos (algunas vistas absolutamente maravillosas) de regreso hasta el pueblo, el casco antiguo (donde dormíamos); en el recorrido pasamos hasta por cuatro playas con la misma estampa. Ni un alma, ni rastro de vida en las terrazas de los apartamientos colindantes, ni música, ni un bar para una cerveza...

Platis Gialos, Paradise Beach, entre otras, para nosotros sólos. Maravilloso. Al fin y al cabo, todo depende del color con que se mire.. y a mí, en ese viaje, me tocaba ser dichoso, absolutamente dichoso.